Filosofía del Detalle

En Historia del guerrero y la cautiva Borges narra la historia de la súbita conversión del bárbaro Droctulft que combatiera en el bando de los lombardos contra Roma, para terminar defendiéndola tras un íntimo arrobamiento. Droctulft, que toda su vida había sido un ser rústico que profesaba torpes creencias y la bestialidad más natural, al entrar en Italia, para destruirla, se maravilló de la ciudad y giró contra sí mismo para guerrear con lo romanos y morir defendiendo la civilización «Ve el día y los cipreses de mármol. Ve un conjunto que es múltiple y sin desorden; ve una ciudad, un organismo hecho de estatuas, de templos, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos» En resumen, Droctulft ve un orden y detrás del orden una inteligencia secreta que lo ejecutó, una forma de aparente armonía opuesta su instintivo proceder diario: «se hizo fiel al universo» escribe Borges y nos insinúa que quizá sólo haya bastado que apreciara un arco con inscripciones para quedar prendido de esa idea.
Esa alucinada y detenida contemplación se asemeja a la de John Keats, en su Oda sobre la urna griega y segurmente esté inspirada en ella. Procede de igual manera que Droctulft, cautivado por los relieves de la urna ática, se revela ante el joven poeta una belleza trascendental, fuera del tiempo, incorruptible, manifestando su presencia en el mármol y la forma; pero lo más grave, es que para Keats esa visión, ese saber, nos comunica en los célebres versos finales, es el contenido de toda la ética: «La belleza es verdad, la verdad belleza: esto es lo único/ Que sabes en la tierra y todo lo que necesitas saber.»
Esta vocación, esta capacidad por la distinción y el detalle, puede tomarse también como la capacidad ordenadora que nos diferencia y nos pone por encima de la bestia, reconocer en el mundo un orden y no sólo un orden sino que también intuirlo bello y digno de ser conocido: eso es el significado de Cosmos para el griego antiguo, orden no sólo ordenado sino que bello; y este saber es el que sublima nuestra condición y es el elemento civilizador, la capacidad de ordenar, pero sobre todo de reproducir belleza y de multiplicar detalles. Pero el detalle, refinado o multiplicado, como los relieves de la urna griega que enamoraron a Keats, sumado a otros detalles, conforman un entramado mayor producto del hombre que se alza en el universo, pero para escindirlo, como cuando Dios ordenó el Caos y separó el día de la noche, que en la tradición occidental representa el principio que permite la estabilidad y el progreso, el orden que busca la duración, en el mármol, en la urna de Keats o el arco de Droctulft, para dar testimonio de su propia existencia. En suma, las manifestaciones de una cultura, de una identidad, de la potencia de la identidad.
También Paul Veléry hace decir algo semejante sobre lo bello su propia versión de Sócrates en su diálogo platónico Eupalinos o el arquitecto. Escribe que la música y la arquitectura están «en medio de este mundo como monumentos de otro» y en alguna parte se menciona que es preciso que una obra mueva a los hombres como les mueve el objeto amado: justamente los arrobamientos a los que sucumben el bárbaro Droctulft y el joven Keats: Valéry, no desconoce que esta operación es platónica, pero para el asombro de todos y la incredulidad de la mayoría Valéry nos confiesa que no sabe casi nada de Grecia, más que lo poco que aprendió de estudiante, quizá su cínica declaración sea una variante más de su desprecio por la filosofía (o la prueba más cabal que Keats tiene razón en su oda); sólo menciona en una carta a Gide que tiene en su escritorio El banquete de Platón entre otra cantidad de libros, nada más y nada menos, justamente la obra dónde Platón pone la piedra fundamental de la filosofía y Occidente: que el amor es deseo de conocimiento, que el movimiento del verdadero amor es hacia la verdad: la filosofía del Alma. Pero lo más osado en el Eupalinos de Valéry es que Sócrates «que sólo amaba la verdad» las conjeturas y la contemplación, una vez muerto, ya en el Hado dónde se desarrolla el diálogo, ya fantasma, abandona su tarea contemplativa, filosófica, para volverse un ejecutor, un hacedor, se vuelve arquitecto en busca de una obra, un templo, que haciendo analogía, bien podría haber sido La República de Platón; pero que Veléry nos deja sin saber cómo es esa obra ejecutada por Sócrates porque se retira a concebirla.

Detalle de una urna griega
Sin detalle, sin esa capacidad, la diferenciación, hay caos, una masa homogénea y todo lo homogéneo remite a la falta de civilidad y al mundo natural, a lo infame -según la afirmación de Baudelaire- que es opuesto a lo sensual de la cultura:  la condición erótica de la cultura, que recide en esa capacidad de detalle y distinción. Sin detalle y su refinamiento no hay identidad fecunda, no hay poder, no hay potencias de una Forma, de una Identidad. Valéry, advierte con agudeza que hay una naturaleza de doble cara de la construcción: que toda obra humana implica un exceso (y para Valéry sin éste exceso no hay hombre) porque todo lo que toma y modifica o construye es por utilidad, dice: «el artesano no puede ejecutar su obra sin violar o alterar algún orden con las fuerzas que aplica a la materia, para adaptarla a la idea que quiere imitar y al uso previsto», Valéry prosigue «De modo que es razonable pensar que las creaciones del hombre se hacen o bien mirando por su cuerpo, y ahí radica el principio que se llama utilidad, o bien mirando por su alma»  Se puede entonces establecer claramente la disitición entre la contemplación del cuerpo y la proveniente del alma como Kant distingue entre lo bello y lo bello sublime, pero siempre buscando duración en la que se pueda imprimir ese gesto, esa pretención de universalidad. Pero toda utilidad, su finalidad última, es construir identidad o reproducirla, con la consecuencia de diferenciar, porque la naturaleza del la identidad es diferenciarse y ese proceso exige la idea de sí y una oposición: es la forma de la segregación interna y externa dentro de una sociedad, que es orquestada desde el poder, o para estar en concordancia con Foucault, son el poder mismo. La capacidad de diferenciación, de detalle, esa pasión por el detalle, son el principio civilizatorio y el grado de su violencia, de su forma de barbarie.