«Te había amado dos o tres veces, antes de conocer tu rostro o tu cuerpo» escribió a manera de confesión John Donne a un ángel. Una mañana hice mías estas líneas sintiendo que esa sensación era propia, yo nunca había visto hasta entonces un lugar tan luminoso: la isla de Capri y las gamas del azul son lo mismo. Pero antes de caminarla, fue primero alimento de mi imaginación y deseo cuando leí El exiliado de Capri de Roger Peyrefitte, que narra el retiro de placer a la isla del poeta Jaques Fersen, luego con el tiempo, el ansiado desembarque se concretó en su puerto, en Marina Grande, para finalmente poder contemplarla y recorrerla en persona, pero recobrando simultáemente las páginas de Peyrefitte que me la habían revelado: «sus rocas habían cobijado a las sirenas; había visto pasar a Ulises y a Eneas; uno de sus robles había reverdecido en presencia de Augusto; Tiberio había buscado en ella su refugio y sus placeres; su faro se había derrumbado el día en que había muerto Cristo. Seguía siendo un lugar de excepción, de amparo y de delicias»
Continúa la discusión etimológica que si Capri deriva del griego kapros o del latín caprae, pero de cualquier modo es naturalmente de fábula. Quizá Capri no esté hecha de sedimento calcáreo como afirman los geólogos, tengo para mí que está hecha de hormonas y glándulas, posee no sólo belleza sensual y lujuria orgánica sino que también una pasado legendario de hombres y dioses. En principio fue griega y después tan romana como el mismo senado porque desde sus alturas se manejó el Imperio, las campañas bélicas y también el erario público. El claro del agua, el blanco de la playa, son todas gemas: y el limpio del cielo, que no es el mismo desde Capri, como tampoco el verde, más los reflejos que aporta el sol hacen de de Capri un palacio descomunal. Todo en Capri está ornamentado para albergar el desenfreno; su flora es excéntrica y desde la playa crece y eleva a través de los montes Tiberio y Solaro, expandiendo por el relieve las flores de variados diseños, a las aves y los coloridos reptiles tanto como los frutos en el mercado y también el ostentoso lujo de villas privadas y de las tiendas más exclusivas de la tierra. Soberbia, mítica, sus angostas calles se extienden por la isla en caprichosa trama, es decir para su propia gloria, que sólo pretenden extraviar al visitante; toda ella lasciva, engarzada en el mediterráneo, el mare nostrum, que se hace nubes y Capri el Olimpo, un paraíso cerrado.
Esos caminos múltiples y empinados me depositaron en la Villa Jovis , en lo más alto del Monte Tiberio y donde se pude presentir la esencia del exceso y del lujo. La Villa Jovis , villa imperial, que mandó a construir Augusto, para posteriormente ser testigo de las orgías y asesinatos para el entretenimiento de Tiberio y Calígula, esos dos hombres que junto a Nerón simbolizan la decadencia de una clase y de la civilización que a fuerza de desarrollo troca en barbarie, poniéndolo en riesgo todo. Capri encanta, como si fuera en sí misma el canto de las sirenas que nos pierden y del que huyó Ulises.
Roma agregó poco y nada a la historia del espíritu, fueron los griegos que amaron la belleza y la virtud haciéndolas coincidir con los actos e ideales en la vida; Roma se destacó en voluptuosidad y orgullo que bien supo plasmar en su ingeniería y como dice Peyrefitte «Roma representó el poder y Atenas la libertad». En Roma, en el imperio romano, pero sobre todo en Capri, coincidió perfectamente la púrpura con el poder, que buscaban ser mutua expresión de sí, que se identificaban. Añade Peyrefitte que Estados Unidos, como Roma y Grecia, representa el poder y su libertad y que «las tres civilizaciones se asemejan en su trasfondo de barbarie pero que los romanos la disimulaban con la púrpura y los griegos con la belleza y que los estadounidenses la disimulan detrás de los dólares». Hay un sensualismo heredado que atraviesa toda la cultura occidental, hoy más desbocado que nunca y que ha reducido todos los planos y fines de la vida a entretenimiento y placer; la excesiva erotización de todos los deseos humanos, donde sensualidad y poder se identifican nuevamente y es expresión de la obscenidad de esta civilización de consumo imperante.
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| Playa de Marina Grande |
